La historia de...

Wilson Quispe
Escrito por:Wilson Quispe

A finales del 2023, los médicos me dieron una sentencia. Un dolor severo en ambas manos me arrebató lo más básico: sostener un objeto. El futuro se volvió incertidumbre.

Como los médicos no pudieron resolver mi estado de salud, me derivaron a la especialidad de Psiquiatría (Sí, ese lugar donde “dicen” que están los pacientes “locos”). Estuve siete meses visitando a mi doctora asignada, donde construimos una amistad. Y estando en esos pasillos comprendí lo que en verdad era una vida. Así que busqué un propósito, un motivo para levantarme. Pensé que tal vez reinventarme era algo necesario.

Fue entonces cuando mi hermana me habló de una carrera técnica cerca de casa. Con el inicio del 2024, me matriculé en Contaduría General. Me aferré a la lógica fría de los números como a un salvavidas, esperando que los libros me dieran un refugio donde mi mente y mi cuerpo pudieran descansar. Escogí contaduría porque, al menos, era la carrera en la que podría sentirme cómodo, ya que se me daban bien los números (hasta cierto punto).

El primer día, entre caras anónimas, el destino, en su extraña sabiduría, me presentó a las personas que me acompañarían durante meses. Pero hubo alguien en particular que iluminó todo. Esta historia la escribo también por ella, para honrarla. Ella fue una amiga que, sin proponérselo, me salvó.

Debo admitir que al principio no me percaté de ella, de su mirada, de su presencia. Yo estaba enfocado en reconstruirme y mi mente siempre estaba divagando de un lugar a otro. Sin embargo, mientras los días se convertían en semanas, escuchaba entre las paredes del salón de clases una voz, que decía: "¡Te admiro!".

Hay cuatro recuerdos de ella que guardo, cuatro instantes que explican por qué fue tan importante.

El primero, fue cuando la vi por primera vez: ella estaba subiendo las gradas de la institución. No solo caminaba; estaba bailando o intentando bailar junto a sus amigas, con una alegría que llenaba el espacio desde la distancia. En unos minutos llegó donde yo estaba, por fin la vi de cerca. La miré de pies a cabeza y, cuando por fin hablamos, hubo una chispa de complicidad instantánea. Y así fue como nuestra amistad comenzó. Ese día sentí algo genuino; parecía que ella y yo teníamos los mismos pensamientos, el mismo enfoque. Admiraba mucho su forma de pensar, su inteligencia; era una chica competitiva y le gustaba hacer las cosas bien.

El segundo recuerdo, La carrera de contaduría solía realizar una expo feria a final del semestre para mostrar resultados. Yo había decidido participar junto a unas compañeras. Ese día pasó algo, mis compañeros no llegaban con los materiales y yo, sin celular, estaba incomunicado. Poco a poco llegaban los materiales; sin embargo, faltaba lo más importante: el data show. En la frustración, solo tuve que esperar. Esa noche ella vino. La miré de reojo; estaba muy ocupada, corriendo de aquí para allá. No le dije nada. Esa misma noche, después de exponer, ella se acercó y me dijo que me admiraba. Yo le devolví las palabras y así estuvimos "discutiendo" quién admiraba más a quién.

Más tarde, leyendo los mensajes del grupo de whatsapp que teníamos, supe que ella había estado preguntando, reclamando por los materiales, por el data show. Esa noche, al terminar la expo feria, cuando vi que se había preocupado, me sentí feliz y la admiré mucho más.

La tercera memoria. Yo solía salir a pensar fuera del aula en los descansos que teníamos en algunas asignaturas, buscando alivio y calma para mi ansiedad. Siempre solía estar solo. Hasta que un día, la puerta se abrió y apareció ella. "¡Oh, Wilson!", dijo. En ese momento conversamos y me confesó su sueño: estudiar Medicina. Con un gesto, sacó de su mochila, no libros, sino montones de tarjetas hechas a mano. "¿Qué es esto, un mazo de cartas de amor?", bromeé. Eran, por supuesto, fichas de estudio. Y entonces, tarjeta por tarjeta, me contó algún dato curioso del cuerpo humano, de alguna fórmula química, de la forma gramatical correcta de escribir algo. Era muy inteligente…

(Recuerdo que una vez ella se sentó a mi lado, me pidió mi cuaderno de apuntes, los admiró y me preguntó: "¿Wilson, puedo corregirte?". Le dije que podría rayar todo lo que gustara, y así fue. Ella estuvo minutos hojeando y escribiendo en mi cuaderno de notas. Terminó el día, llegué a casa y vi las correcciones que ella había hecho.)

De alguna forma me sentí feliz, y decidí guardar ese recuerdo con las correcciones que ella realizó.

Continuando el recuerdo, después de que ella me había mostrado sus tarjetas, me habló de la carrera de medicina. Me contó todo lo que estaba pasando entre estudiar contaduría y prepararse para ingresar a medicina. Y por primera vez entendí con claridad que Contaduría era sólo otra forma de ver su mundo, ya que el mundo en donde ella quería estar era en la medicina. Terminó el tiempo de descanso, le dije adiós. Sin embargo, yo quería seguir, nuestra conversación fue genuina.

El cuarto recuerdo. Ella dejó de venir a clases; seguramente decidió perseguir su sueño, me dije. El lugar donde ella solía sentarse estaba vacío. Ya no la vi más. Quería preguntarle cómo le estaba yendo en su preparación, pero me contuve; no quería ocupar un espacio más en su mente, no era justo. Y seguí adelante.

Soy una persona que escucha la palabra de Dios; NO TENGO UNA RELIGIÓN (NO ME GUSTAN SUS REGLAS), Me considero más una persona espiritual. Un 27 de noviembre, en la iglesia donde asisto, juré ver su perfil entre los feligreses. Me sorprendí. Sin embargo, al final, no era ella, pero la coincidencia me estremeció como un presagio. Ese mismo día supe la noticia: había reprobado el examen.

No pude permanecer en silencio. Rompí mi propia regla y le escribí. Volvimos a hablar, y sus mensajes, cargados de una tristeza serena, me quebraron. "Déjame ayudarte", le dije. "Déjame darte mi punto de vista". Y dentro de mi, dije: (como lo hiciste tú conmigo sin saberlo). Y ella aceptó.

Quedamos en encontrarnos una noche en una plaza de la ciudad. Llegó el día; llegué temprano de mi trabajo, falté a mis clases de contaduría, tenía que cumplir mi promesa. Yo estaba con el temor de que ella me dejaría plantado (como siempre las personas lo habían hecho). Me dije a mi mismo: Hoy esperaré diez minutos, luego me iré. Sin embargo, en el fondo, solo quería verla una última vez. Salí de mi casa 20 minutos antes; cuando llegué, ella ya estaba allí. (Había llegado con anticipación).

Durante años, esa sensación me fue ajena: la de no ser el primero en llegar. La vi sentada en una banca, más hermosa que en mi memoria. Caminamos sin rumbo por la ciudad. Hablamos de todo y de nada, posponiendo el tema inevitable. Hasta que, tomando valor, cambié el rumbo de la conversación. Fui franco quizás un poco frío, le mostré otra perspectiva. Quizás eso no le agrado, sin embargo tenía que hacerlo…

Llegó la despedida. Nos detuvimos en una esquina, bajo la luz de un faro. La miré a los ojos, y en ese instante silencioso, dentro de mí, le dije:

"Gracias, Helen. Gracias por venir, por llegar a tiempo, por venir a mi rescate cuando ni siquiera sabías que lo hacías. Eres muy inteligente y tenaz. Lo vas a lograr.", Hasta siempre

Di media vuelta y me fui, sin mirar atrás. Desde ese día, no la he vuelto a ver, ni a escribirle.

Esta es la historia de Helen, la amiga que fue un faro en mi tormenta, y a quien admiro con la convicción quieta y eterna de quien ha sido testigo de una luz demasiado brillante como para olvidarla.

No tengo una foto de ella, pero sí guardo un recuerdo: ella en el centro, en la primera fila; para conocerla, cuenta desde la derecha: es la quinta.

CEA-Viacha.png
Foto 1, Julia

Ready to take action?

Your success starts here
Formulario de registro

Creado por Wilson Quispe Alanoca con 💙

© 2026 Todos los derechos reservados.