La historia de Helen

Wilson Quispe
Escrito por:Wilson Quispe

A finales de 2023, mi cuerpo me puso un límite. Un dolor severo en las manos me quitó lo más simple: la capacidad de sostener un objeto. Con las manos vacías, el futuro se me llenó de incertidumbre.

Cuando la medicina física no halló respuestas, me derivaron a Psiquiatría. Al principio, uno carga con el estigma de ese pasillo, pero allí, entre consultas y esperas, encontré algo distinto: encontré humanidad. Mi doctora se volvió una amiga y yo empecé a entender qué significa realmente estar vivo. Necesitaba un motivo para levantarme, una excusa para no rendirme.

Fue entonces cuando mi hermana me habló de una carrera técnica cerca de casa. Con el inicio del 2024, me matriculé en Contaduría General. Me aferré a la lógica fría de los números como a un salvavidas, esperando que los libros me dieran un refugio donde mi mente y mi cuerpo pudieran descansar. Escogí contaduría porque, al menos, era la carrera en la que podría sentirme cómodo, ya que se me daban bien los números (hasta cierto punto).

El primer día, entre tantos rostros extraños, el destino puso en mi camino a alguien que terminaría iluminándolo todo. Escribo esto por ella, para honrarla. Porque ella, sin saberlo y sin proponérselo, me salvó.

Al principio, confieso que apenas la noté. Yo estaba demasiado ocupado tratando de reconstruir mis propios pedazos, siempre divagando, siempre ausente. Pero con el paso de las semanas, una voz empezó a cruzar las paredes del aula: ¡Te admiro!, decía. Era ella.

Guardo cuatro momentos como si fueran tesoros:

El primero, fue cuando la vi por primera vez: ella estaba subiendo las gradas de la institución. No solo caminaba; estaba bailando o intentando bailar junto a sus amigas, con una alegría que llenaba el espacio desde la distancia. En unos minutos llegó donde yo estaba, por fin la vi de cerca. La miré de pies a cabeza y, cuando por fin hablamos, hubo una chispa de complicidad instantánea. Y así fue como nuestra amistad comenzó. Ese día sentí algo genuino; parecía que ella y yo teníamos los mismos pensamientos, el mismo enfoque. Admiraba mucho su forma de pensar, su inteligencia; era una chica competitiva y le gustaba hacer las cosas bien.

El segundo recuerdo, La carrera de contaduría solía realizar una expo feria a final del semestre para mostrar resultados. Yo había decidido participar junto a unas compañeras. Ese día pasó algo, mis compañeros no llegaban con los materiales y yo, sin celular, estaba incomunicado. Poco a poco llegaban los materiales; sin embargo, faltaba lo más importante: el data show. En la frustración, solo tuve que esperar. Esa noche ella vino. La miré de reojo; estaba muy ocupada, corriendo de aquí para allá. No le dije nada. Esa misma noche, después de exponer, ella se acercó y me dijo que me admiraba. Yo le devolví las palabras y así estuvimos "discutiendo" quién admiraba más a quién.

Más noche, leyendo los mensajes del grupo de whatsapp que teníamos, me di cuenta que ella había estado preguntando, reclamando por los materiales, por el data show. Cuando vi que se había preocupado, me sentí feliz y la admiré mucho más.

La tercera memoria. Yo solía salir a pensar fuera del aula en los descansos que teníamos en algunas asignaturas, buscando alivio, paz y calma. Siempre solía estar solo. Hasta que un día, la puerta se abrió y apareció ella. "¡Oh, Wilson!", dijo. En ese momento conversamos y me confesó su sueño: estudiar Medicina. Con un gesto, sacó de su mochila, no libros, sino montones de tarjetas hechas a mano. "¿Qué es esto, un mazo de cartas de amor?", bromeé. Eran, por supuesto, fichas de estudio. Y entonces, tarjeta por tarjeta, me contó algún dato curioso del cuerpo humano, de alguna fórmula química, de la forma gramatical correcta de escribir algo. Era muy inteligente…

Una vez, incluso, me pidió mi cuaderno y se puso a corregir mis apuntes con una dedicación que me conmovió. Aún guardo esas páginas rayadas por ella; son el rastro de su paso por mi vida.

Continuando el recuerdo, después de que ella me había mostrado sus tarjetas, me habló de la carrera de medicina. Me contó todo lo que estaba pasando entre estudiar contaduría y prepararse para ingresar a medicina. Y por primera vez entendí con claridad que Contaduría era sólo otra forma de ver su mundo, ya que el mundo en donde ella quería estar era en la medicina. Terminó el tiempo de descanso, le dije adiós. Sin embargo, yo quería seguir, nuestra conversación fue genuina.

El cuarto recuerdo. es el del silencio. Ella dejó de venir a clases; seguramente decidió perseguir su sueño, me dije. El lugar donde ella solía sentarse estaba vacío. Ya no la vi más. Quería preguntarle cómo le estaba yendo en su preparación, pero me contuve; no quería ocupar un espacio más en su mente, no era justo. Y seguí adelante.

Soy una persona que escucha la palabra de Dios; NO TENGO UNA RELIGIÓN (NO ME GUSTAN SUS REGLAS), Me considero más una persona espiritual. Un 27 de noviembre, en la iglesia donde asisto, juré ver su perfil entre los feligreses. Me sorprendí. Sin embargo, al final, no era ella, pero la coincidencia me estremeció como un presagio. Ese mismo día supe la noticia: había reprobado el examen.

No pude permanecer en silencio. Rompí mi propia regla y le escribí. Volvimos a hablar, y sus mensajes, cargados de una tristeza serena, me quebraron. "Déjame ayudarte", le dije. "Déjame darte mi punto de vista". Y dentro de mi, dije: (como lo hiciste tú conmigo sin saberlo). Y ella aceptó.

Quedamos en encontrarnos una noche en una plaza de la ciudad. Llegó el día; llegué temprano de mi trabajo, falté a mis clases de contaduría, tenía que cumplir mi promesa. Yo estaba con el temor de que ella me dejaría plantado (como siempre las personas lo habían hecho). Me dije a mi mismo: Hoy esperaré diez minutos, luego me iré. Sin embargo, en el fondo, solo quería verla una última vez. Salí de mi casa 20 minutos antes; cuando llegué, ella ya estaba allí. (Había llegado con anticipación).

Durante años, esa sensación me fue ajena: la de no ser el primero en llegar. La vi sentada en una banca, más hermosa que en mi memoria. Caminamos sin rumbo por la ciudad. Hablamos de todo y de nada, posponiendo el tema inevitable. Hasta que, tomando valor, cambié el rumbo de la conversación. Fui franco quizás un poco frío, le mostré otra perspectiva. Quizás eso no le agrado, sin embargo tenía que hacerlo…

Llegó la despedida. Nos detuvimos en una esquina, bajo la luz de un faro. La miré a los ojos, y en ese instante silencioso, dentro de mí, le dije:

"Gracias, Helen. Gracias por venir, por llegar a tiempo, por venir a mi rescate cuando ni siquiera sabías que lo hacías. Eres muy inteligente y tenaz. Lo vas a lograr.", Hasta siempre

Me di la vuelta y me fui. No la he vuelto a ver, ni le he vuelto a escribir.

Esta es la historia de Helen, la amiga que fue un faro en mi tormenta, y a quien admiro con la convicción quieta y eterna de quien ha sido testigo de una luz demasiado brillante como para olvidarla.

No tengo una foto de ella, pero sí guardo un recuerdo: ella en el centro, en la primera fila; para conocerla, cuenta desde la derecha: es la quinta.

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Foto 1, Julia

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